Mar. 20.08.2019
Opinión  |  26 de Jun. 2012

Rapossi y el salón del espanto

Por: Guillermo Worman

La jueza Adriana Rapossi se suma a la concurrida lista de escándalos generados por integrantes del Poder Judicial fueguino. En ese salón del espanto su foto comparte cartel con los emblemáticos Luis Felipe Ricca, Ricardo Klass, Mario Arturo Robbio, Sandra Pesclevi y Javier De Gamas Soler.

Con la burda copia de la sentencia, Rapossi echó por tierra la ilusión de vivir dentro de una republica en donde existen principios básicos de justicia, que se utilizan para toda sociedad y que funcionan como límites hasta los que se puede acceder. La presencia de la sensación de Justicia habla de la construcción social de ciertos derechos básicos a los que toda persona por el simple hecho de serlo tiene garantizado su acceso. Uno de ellos es el axioma de que toda persona tiene, como mínimo, derecho a un juicio justo. 
 
Tener justicia implica que ya no existen tiranos ni arbitrariedades evidentes, y que el sistema de gobierno que eligió gran parte de la humanidad se basa en que, por lo menos, todos somos iguales ante la ley. Son los jueces, justamente, quienes tienen esa firme y a su vez delicada función de construir la sensación comunitaria de que ya no existen opresores que todo lo pueden. Hay límites y los jueces son algunos de los principales custodios.
 
Rapossi evidenció que no está preparada para ocupar tan alta función social. Demostró que es capaz de copiar integralmente una sentencia en una causa extremadamente complicada o de reconocer  que, por lo menos en su caso, hay jueces que no sostienen ni la mínima obligación de redactar las sentencias que firman. ¿Quiénes imparten Justicia en Tierra del Fuego, los secretarios, auxiliares, relatores, o los propios jueces? ¿Si existen jueces que no redactan sus sentencias, podría presentarse la situación de que una de las partes, obviamente corrupción mediante, le redacte a un juez una sentencia a su absoluta conveniencia?
 
Ese piso del que tanto se habla marca que hay algún tipo de límite a los excesos de poder y, por ende, hay derechos básicos a ser resguardados, sea quien sea el que se encuentre del otro lado del mostrador.
 
Cualquier simple lector de la realidad política local comprende que la actuación de la jueza Rapossi no es un hecho aislado sino que forma parte de una constante. Un todo en donde la misma magistrada comete todo tipo de irresponsabilidades funcionales. 
 
Entonces, el hallazgo periodístico de lo que podría ser el plagio de una sentencia es sólo  la exteriorización que salió a la luz, cuando, seguramente, deben de existir muchas otras situaciones de igual degradación o más. 
 
No llama la atención que Rapossi sea la misma jueza civil y comercial que produjo las condenas contra la libertad de expresión, en donde la totalidad de expertos consultados sostuvieron que sus sentencias no sólo contradicen los niveles mínimos aceptables por la Corte Suprema de Justicia con relación a la temática, sino que, por momentos, los fallos se asemejan más a un mamarracho que a un instrumento jurídico institucional. 
 
Como ya se ha dicho, la Justicia termina siendo lo que los jueces interpretan. Tan alta es la función social de la magistratura que se espera de jueces e integrantes de los ministerios públicos una conducta, como mínimo, que guarde relación con sus altos niveles de responsabilidad.
 
Probablemente Adriana Rapossi nunca estuvo a una altura semejante. Ahora se comprobó que la sospecha era por demás cierta.